¿Es buena, mala o peor la televisión argentina?Tinelli asegura que es una de las mejores del mundo; Pergolini dice todo lo contrario. ¿Quién tiene razón?La televisión argentina, ¿es tan buena, como dice Marcelo Tinelli o es tan mala, como asegura Mario Pergolini?
Más parecidos que diferentes -pertenecen a una misma generación, se enriquecieron durante el menemismo, se mudaron de canal las veces que les pareció conveniente y editorializaron con la autoestima demasiado alta en las últimas emisiones de sus respectivos programas-, conforman las dos caras de una misma moneda.

Pero cada uno, a su manera, traicionó en los hechos el sentido de sus palabras. Tinelli se encrespó con áspero estilo kirchnerista (cero autocrítica e identificación de enemigos con indisimulable enojo), pocas horas antes de que el Observatorio de la Discriminación en Radio y Televisión (un espacio conjuntamente asumido por el Comité Federal de Radiodifusión, el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo y el Consejo Nacional de la Mujer) diera a conocer un minucioso informe sobre los aspectos más deleznables de su exitoso programa que, desde 2006, mutó a tumultuoso certamen de bailarines, patinadores y cantantes, con tendencia al derrape degradante y burdo.
Pergolini, por su parte, después de haber chapoteado por otros barros, aunque con packaging más cínico (el Inadi también le llamó la atención este año por la burla que hizo del no vidente Serafín Zubiri, que participaba en "Bailando por un sueño"), se fue enfurruñando a medida que se acercaba el final de CQC , que renuncia a seguir conduciendo, y se despidió diciendo: "Esto -por la TV- no es para mí", algo difícil de creer si se tiene en cuenta que viene transitando ese medio intensamente en casi el último cuarto de siglo.
El papel autoimpuesto de fiscal público de Tinelli no le impide tampoco que Zapping , el programa que produce y que le dobló el brazo a su archienemigo TVR , esté compuesto, en una gran proporción, de retazos de los programas de quien dice tanto abominar, y sólo se siente a gusto siendo entrevistado frecuentemente por Intrusos en el espectáculo, uno de los ciclos de escoria farandulera que el Inadi ha puesto bajo su lupa.
¿Puede ser, como dijo Tinelli, la TV argentina una de las mejores del mundo cuando en su programa (en promedio general, el más visto de 2008) se jugó tanto sobre la obesidad de la Tota Santillán, las cámaras se obsesionaron con planos proctológicos de las participantes y se expuso a peligrosos resbalones, haciéndolos jugar al fútbol sobre hielo a dos equipos de enanos, y que esas vergonzosas proezas fuesen repetidas hasta el hartazgo en distintos ciclos durante todo el año?
¿Puede ser, como dijo Pergolini, la TV argentina tan mala cuando en tan desolador contexto hay, sin embargo, todavía productores que se arriesgan a probar otros formatos y temáticas como Los exitosos Pells (premiado por el público con el mayor rating de la programación actual), Ver para leer, Todos contra Juan, Vidas robadas, Amanda O, Dirigime, Socias, Variaciones, Había una vez un club y Algo habrán hecho ?
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Capaz que cada uno de los dos sólo tenga una parte de la razón: la televisión argentina es buena (o más que eso) porque cuenta con innegables talentos en el campo de la actuación, tiene valiosos libretistas, presenta ostensibles hallazgos de producción, y una muy vital versatilidad en estéticas y formas de editar. Pero al mismo tiempo, la TV local es mala (o peor que eso) porque el sobredimensionamiento de canales de aire, económicamente insostenibles, obliga al exceso de programas precarios que sólo se limitan a regurgitar sin parar escenas y diálogos de bajísima estofa, estirados y repetidos a más no poder. La persistencia en el doble sentido y en el chiste sexual barato, la degradación de noticieros en magazines insustanciales, la obsesión por lo oscuro (cárceles, drogas, crímenes, tragedias, perversiones y esperpentos de todo tipo) en programas periodísticos y, principalmente, la adolescente manera de competir que tienen Telefé y Canal 13, con tal de desbancar uno al otro, vuelven a sus grillas totalmente inestables y eso crea constante malestar entre el público, los anunciantes y los artistas, que se ven continuamente maltratados por esta nefasta manera de gerenciar dichas pantallas.
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¿Es imposible que la TV por aire potencie sus virtudes y reduzca sus muy lamentables barquinazos? Para lograrlo haría falta una férrea voluntad política y una acción social conjunta. Lo ideal sería que los gerentes de programación y, más aún, los propietarios de los canales de quienes ellos dependen, recapacitaran de una vez sobre la responsabilidad social que les cabe no sólo para ser más ecológicos en la comunicación que establecen con sus públicos, sino porque también esa será la mejor manera de cuidar de sus negocios, dándole a la televisión un mejor porvenir que el de producir tanta basura.
Pero como eso, hasta ahora, no ha sucedido, los organismos de control deben volver a ejercer sus potestades de manera clara y permanente, sin favoritismos ni persecuciones, no para censurar sino para limitar las deformaciones patológicas. También los anunciantes, si redireccionan adecuadamente sus pautas publicitarias, pueden ayudar a que el medio audiovisual recupere calidad. Asociaciones civiles trabajando el tema y haciendo oír sus voces e investigaciones contribuirían, además, a crear más conciencia sobre el urgente viraje que es necesario dar.
Por último, el público también debe hacerse cargo de la situación cuidando de no caer en dobles discursos (ver lo que luego se asegura aborrecer).
Que 2009, televisamente hablando, sea mejor o peor, dependerá, en definitiva, de todos y cada uno de nosotros.